NO TEMER NI AL DOLOR NI A LA MUERTE | Lucio Anneo Séneca

Estás preocupado, me escribes, por el resultado de un proceso que te promueve un enemigo furioso. Crees que te voy a exhortar a que te prometas el resultado más favorable y te recrees con esta lisonjera esperanza.

En verdad, ¿qué necesidad hay de buscarse los males, anticipando las desgracias que muy pronto habrá que sufrir cuando lleguen, y desaprovechar el presente por miedo al futuro? Es sin duda una necedad convertirte ya en un desgraciado, porque algún día tengas que serlo; más yo te conduciré a la tranquilidad por otro camino.

Si quieres liberarte de toda preocupación, imagínate, sea cual fuere el acontecimiento que temes, que se ha de realizar indefectiblemente; y este mal, no importa el que sea, tú mismo sopésalo mentalmente y evalúa tu temor; comprenderás, sin duda, que o no es grave, o no es duradero lo que te asusta.

Ni tendrás necesidad de mucho tiempo para reunir los ejemplos que te reconforten: toda época los ha producido. En cualquier período de la historia interna o externa, cuyo recuerdo evocares, encontrarás personalidades de gran prominencia o de gran energía. ¿Acaso puede acaecerte algo más grave, si pierdes el proceso, que ser enviado al destierro o metido en la cárcel?, ¿acaso puede uno temer desgracia mayor que el suplicio del fuego o la ejecución? Analiza cada uno de estos infortunios y recuerda a quienes los desdeñaron; no tendrás necesidad de ir buscándolos, sino de seleccionarlos.

Su propia condena Rutilio la acogió como si tan sólo le apenase la injusticia del proceso. El destierro Metelo lo soportó con entereza, Rutilio hasta con placer. El uno hizo a la República la merced de su regreso, el otro denegó el suyo propio a Sila, a quien entonces nada se le denegaba.

En la cárcel Sócrates disertó y no quiso salir de ella aun teniendo quienes le garantizaban la fuga; permaneció a fin de quitar a los hombres el temor a dos males gravísimos: la muerte y la cárcel.

Mucio puso su mano en el fuego. ¡Cosa amarga es quemarse!, ¡cuánto más amargo que uno lo sufra siendo él su propio verdugo! Tienes ante la vista a un hombre sin instrucción, desprovisto de todo adoctrinamiento ante la muerte o el dolor, revestido tan sólo de la fortaleza de un soldado, que reclama para sí el castigo por fracasar en su intento: a pie firme contempló su diestra derritiéndose en el hornillo enemigo, sin retirar la mano que chorreaba entre los desnudos huesos hasta que el fuego fue apartado de ella por el adversario. Pudo realizar en aquella campaña una gesta más afortunada, ninguna más valerosa. Advierte cuánto más decidida es la virtud para arrostrar las pruebas que la crueldad para imponerlas: más fácilmente Porsena perdonó a Mudo el haber intentado asesinarle, que a sí mismo Mucio el no haberle asesinado.

«Son éstas», alegas, «historietas repetidas a coro en todas las escuelas; en el momento en que pasemos a tratar del desprecio de la muerte me contarás la suerte de Catón».

¿Por qué no he de presentártelo leyendo en aquella noche postrera el libro de Platón, con la espada junto a la cabecera? Estos dos instrumentos se había procurado en el trance supremo: uno, para animarse a morir, el otro, para poder realizar su propósito.

Así, pues, arreglados los asuntos de la forma que era posible arreglarlos dado su extremo deterioro, pensó que debía actuar de manera que a nadie cupiese la posibilidad de matar a Catón o la suerte de salvarlo.

Y así, desenvainada la espada que hasta aquel día había conservado limpia de sangre, dijo: «Nada ha conseguido, fortuna, obstaculizando todos mis propósitos. No luché hasta ahora por mi libertad, sino por la libertad de la patria; ni actuaba con tanta tenacidad para vivir libre, sino para vivir en compañía de ciudadanos libres; puesto que la situación del humano linaje es tan lamentable, este es el momento de conducir a Catón a lugar seguro».

A continuación infirió a su cuerpo una herida mortal, que los médicos vendaron; mas, teniendo menos sangre, menos fuerzas, pero el mismo valor, irritado ya no sólo contra César, sino contra sí mismo, rasgó con sus inermes manos la herida, y expulsó —que no exhaló— aquel su noble espíritu, desdeñoso de toda prepotencia.

No acumulo ahora los ejemplos con el fin de ejercitar el ingenio, sino para exhortarte ante esa prueba que pasa por ser terrible sobremanera. Haré más fácil mi exhortación, si te muestro que no fueron sólo varones fuertes quienes menospreciaron el trance supremo de exhalar el alma, sino que ciertos hombres, cobardes para otros menesteres, en este asunto igualaron el valor de los mejores, como lo hizo Escipión, el suegro de Gneo Pompeyo. Arrastrado por viento contrario hasta África, y viendo que su navío era apresado por los enemigos, se atravesó con la espada; y a los que preguntaban dónde se hallaba el general, respondió: «El general se encuentra bien».

Semejante frase le puso al nivel de sus antepasados e impidió que quedase interrumpida la gloria destinada en África a los Escipiones. Fue un gran merecimiento vencer a Cartago, pero mayor fue aún vencer a la muerte. «El general», dijo, «se encuentra bien». ¿Acaso un general, que lo era de Catón, debía morir de otra suerte?

No te remito a las historias escritas ni enumero a los que en cada siglo despreciaron la muerte, que son muchísimos.

Dirige la mirada a este nuestro tiempo cuya postración y molicie lamentamos: te procurará hombres de toda categoría, de toda fortuna, de toda edad que atajaron sus males con la muerte.

Créeme, Lucilio, tan poco hemos de temer la muerte que, gracias a ella, nada debemos temer.

Por ello, escucha sin preocupación las amenazas de tu adversario, y aunque tu conciencia te infunda confianza, con todo, puesto que tienen valor muchas pruebas marginales al proceso, espera la sentencia más justa, pero disponte también por si resulta ser muy injusta.

Mas ante todo acuérdate de suprimir la confusión en las cosas y calar en la esencia de toda cuestión: descubrirás que en ellas nada hay terrible excepto el temor que inspiran.

Lo que ves que acontece a los niños, eso mismo nos acontece a nosotros, niños mayorcitos: ellos, a las personas que aman, a las que se han habituado, con las que juegan, si las ven enmascaradas, se asustan. No sólo a hombres, sino a los objetos hay que quitar la máscara y devolverles su propio rostro.

¿Por qué me exhibes las espadas y el fuego y la caterva de verdugos bramando a tu derredor? Quítate ese atuendo bajo el cual te escondes y amedrentas a los necios.

Eres la muerte, que poco ha mi siervo, mi esclava han menospreciado. ¿Por qué nuevamente son los azotes y el potro los que con gran aparato expones ante mí?, ¿por qué las distintas herramientas que se aplican a cada una de las articulaciones para dislocarlas y otros mil instrumentos para despedazar a los hombres, miembro por miembro? Aparta esos pertrechos que nos aturden, manda acallar los gemidos, las lamentaciones y los gritos amargos, proferidos en medio del magullamiento. Por supuesto eres el dolor que aquel gotoso menosprecia, que aquel dispéptico soporta hasta con placer, que la joven sufre en el parto. Eres suave si puedo soportarte; pasajero, caso de no poder.

Medita estas enseñanzas que a menudo has oído, que a menudo has expuesto; pero tu sinceridad, al oírlas o al exponerlas, compruébala con las obras. Porque resulta muy vergonzoso el reproche que a menudo se nos hace: que cuidamos las palabras, no las obras propias del filósofo. ¿Qué, pues?, ¿te enteraste ahora por vez primera que se cierne sobre ti la amenaza de la muerte, del destierro, del dolor? Has nacido para estos trances. Cuanto puede suceder pensemos que ha de suceder.

La conducta que te aconsejo, me consta con certeza que la has practicado. Ahora te exhorto a no sumir tu alma en tal preocupación, ya que se embotará y tendrá menos vigor cuando haya de levantarse. Empújala de tu causa particular hacia una causa de carácter general: signifícale que posees un corpezuelo mortal y frágil, al que no sólo la injusticia y la violencia de los tiranos amenazará con el dolor; hasta los placeres se convierten en dolor, los festines ocasionan indigestión, la embriaguez, el embotamiento y temblor de nervios, los placeres libidinosos, trastornos en los pies, en las manos y en todas las articulaciones.

Me haré pobre: estaré entre la mayoría. Iré al destierro: pensaré haber nacido en el lugar al que se me envíe. Seré encadenado: ¿y qué?, ¿acaso estoy ahora libre? La Naturaleza me sujetó a esta carga pesada que es mi cuerpo. Moriré: es decir, abandonaré el riesgo de la enfermedad, el riesgo de la prisión, el riesgo de la muerte.

No soy tan necio como para repetir en este lugar la cantinela de Epicuro y afirmar que el temor a los infiernos es vano, que la rueda de Ixión no da vueltas, que la roca a espaldas de Sísifo no es empujada cuesta arriba y que las entrañas de un condenado no pueden ser devoradas y regenerarse cada día. Nadie es tan ingenuo que tema al Cancerbero, a las tinieblas y al espectro de las sombras formado de huesos descarnados.

La muerte o nos destruye o nos libera: liberados nos queda el componente más noble, una vez desembarazados de la carga; destruidos nada nos queda, al sernos arrebatados por igual los bienes y los males.

Permíteme que recuerde en este momento un verso tuyo, no sin antes inducirte a reconocer que no lo escribiste únicamente para los demás, sino también para ti. Es una postura deshonesta decir una cosa y sentir otra; ¡cuánto más deshonesta la de escribir una cosa y sentir otra!

Me acuerdo que en cierta ocasión abordaste el conocido tópico:

«Que no caemos repentinamente en la muerte, sino que avanzamos hacia ella poco a poco.

Morimos cada día; cada día, en efecto, se nos arrebata una parte de la vida y aun en su mismo período de crecimiento decrece la vida. Perdimos la infancia, luego la puericia, después la adolescencia. Todo el tiempo que ha transcurrido hasta ayer, se nos fue; este mismo día, en que vivimos, lo repartimos con la muerte.

Como a la clepsidra no la vacía la última gota de agua, sino todas las que antes se han escurrido, así la última hora, en la que dejamos de existir, no causa ella sola la muerte, sino que ella sola la consuma. Entonces llegamos al final, pero ya hacía tiempo nos íbamos acercando.»

Después de haber expuesto estos conceptos con tu estilo habitual, por supuesto siempre notable, pero nunca más brillante que cuando pones tu expresión al servicio de la verdad, dices:

«La muerte no viene de una vez,

sino que es la última la que se nos lleva»

Prefiero que leas tus frases antes que mi epístola: te quedará claro que esta muerte que nos asusta es la definitiva, no la única.

Veo a donde diriges la mirada. Buscas qué obsequio he introducido en esta carta: qué sentencia noble de algún famoso, qué útil precepto.

En relación con el tema expuesto te transmitiré algún pensamiento. Epicuro reprende no menos a quienes desean la muerte que a quienes la temen, diciendo:

«Es ridículo que te apresures a la muerte por hastío de la vida, siendo así que ha sido tu clase de vida la que ha determinado tu carrera hacia la muerte»

Asimismo dice en otro pasaje:

«¿Qué hay tan ridículo como suspirar por la muerte, cuando te has hecho angustiosa la vida por miedo a la muerte»?

Puedes añadir a estas frases aquella otra del mismo género:

«Es tan grande la imprudencia de los hombres, o mejor, su locura, que algunos se ven arrastrados a la muerte por el temor a morir»

Cualquiera de estos pensamientos que hubieres meditado robustecerá tu espíritu para soportar tanto la muerte como la vida, ya que se nos ha de exhortar y fortalecer para este doble objetivo: el de no amar demasiado la vida, ni odiarla en demasía.

Incluso cuando la razón aconseja poner fin a la vida, la resolución hay que tomarla sin temeridad ni precipitación.

El varón fuerte y sabio no debe huir de la vida, sino: salir de ella; y ante todo evítese aquella pasión que se adueña de muchos: el deseo de morir.

Existe, en efecto, querido Lucilio, como para otras cosas, también para morir, una tendencia irreflexiva que, a menudo, se apodera de hombres nobles y de carácter impetuoso, a menudo de los cobardes y desanimados: aquéllos desprecian la vida, éstos la encuentran pesada.

A algunos les invade el hastío de realizar y contemplar las mismas cosas, no el odio, sino el tedio de vivir, al cual nos abandonamos a impulsos de la propia filosofía al tiempo que decimos:

« ¿Hasta cuándo las mismas cosas?

Es decir: me despertaré, dormiré; comeré, tendré hambre; sentiré frío y calor. Ninguna cosa tiene final, sino que todas enlazadas en círculo se alejan y vuelven; al día lo oculta la noche, a la noche el día, el verano termina con el otoño, al otoño lo persigue el invierno, al cual detiene la primavera; todo pasa para luego volver. No hago nada nuevo, ni contemplo nada nuevo; ello, al fin, me produce náuseas».

Son muchos los que no consideran la vida penosa, sino superflua.

Lucio Anneo Séneca

Libro: Cartas Filosóficas (Epístolas Morales a Lucilio)

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