PRINCIPIO Y FIN | Patricia Anaya

En la mente de muchas personas es vago o nulo el concepto de impermanencia, porque inconscientemente creen que son inmortales; que no tiene fin la vida de ellas ni de sus seres queridos; aunque si tienen idea de que puede acabar la vida de los demás, de los que le son desconocidos.

También piensan que los objetos o situaciones pueden duran para siempre:

“el amor es eterno”,

“la amistad es para siempre”,

“la personalidad es permanente”,

“el dolor no se acaba”,

“los problemas perdurarán”,

y un largo etcétera.

Cuando en la cotidianeidad de quienes así piensan ocurre algo que de golpe les hace percibir que la impermanencia es real, se sienten perplejos, desilusionados, destrozados.

Desde mi mirada, la evolución del nivel de conciencia incluye, necesariamente, tener claridad y certeza, en la mente y en el corazón, que la impermanencia es la única constante en la vida, y que asimilar esta verdad en el día a día, permite disfrutar cada una de las experiencias en gozo, en paz, en plenitud; porque en algún momento tendrán su fin.

En mi caso, lograr lo dicho no es sencillo, pero tampoco imposible. Basto con aprender a hacer pausas, tomar silencios, y observar todo; comprender la vida en su simplicidad y en su magnificencia, percibiendo que la impermanencia es palpable en todo tiempo, en todo espacio, a saber:

  • La nube se forma y en segundos adquiere otra fisonomía o se desvanece.
  • La gota de lluvia que cae en el río, se integra a él, pero ya no de la forma en que originalmente era.
  • Las células que al unirse dan vida a un ser, durante el proceso cambian radicalmente.
  • El gesto del beso de una madre a su bebé deja de existir en poco tiempo.
  • Una idea cambia al sumarse con otra idea, o al erradicarse.
  • El Sol o la Luna o las estrellas no son los mismos que se ven en el cielo de la Tierra, y para cuando dejaste de verlos también ya tuvieron una transformación.

Desde el alga hasta el pino; desde el ser microscópico hasta la ballena; desde el bebé hasta el anciano…

la vida material de todos los seres tiene un inicio

y, en un momento determinado,

llega a su fin.

No es opcional.

Es así.

Pero, a pesar de que la impermanencia es evidente, para muchas personas, prefieren dejar de lado este hecho (¡cómo si se pudiera!) porque hay apego, porque hay miedo al fin de una persona querida, de una relación, de un evento; porque hay miedo a lo nuevo, a lo desconocido.

Algunos de estos miedos los tengo aún, estoy en camino de enfrentarlos para que se disuelvan o dominarlos; pero saber que, excepto Dios, todo tiene un inicio y un fin, le da sentido especial a cada acción que ejecuto; justamente por eso, porque sé que tiene fin; aunque no sé exactamente cuándo sea.

Pensar que todo tiene un fin también me ha permitido no agobiarme tanto cuando estoy en medio de una tribulación; la experimento con más paciencia, sabiendo que, al igual que todo, también pasará y que una vez que aprenda la lección, cesará por completo la repetición.

Pensar en la muerte de los seres que amo me ha permitido valorar más cada momento que paso con ellos, y aprender con ahínco, humildad y agradecimiento todo lo que generosamente me enseñan con su manera de ser y actuar, y en su relación conmigo.

Pensar en la propia muerte, y asimilar lo que implica, hace que cada instante que vivo sea hermoso: cada despertar, cada arañazo de mi gatita, cada ladrido de mis perritas, cada beso, cada estrella, cada lectura, cada proyecto, cada persona en mi vida, cada relación… sean concebidos como una joya preciosa, por la cual estoy eternamente agradecida.

Y con la conciencia de que tengo un tiempo limitado en este Planeta:

¿No es mejor ocupar mis 60 segundos de cada minuto en pensar, sentir y hacer algo bueno, bello y verdadero para mi máximo Bien y el cumplimiento de mi Propósito Esencial?

Y con la conciencia de que tengo un tiempo limitado en este Planeta:

¿No es mejor usar mis talentos y mis recursos para favorecer que los seres a quienes tengo alcance puedan ser y sentirse mejor cada día para poder cumplir su Misión de Vida?

Y la respuesta definitiva a estas dos cuestiones es un rotundo ¡sí!

Y me lo repito día a día:

Estoy viva ahora y aquí porque tengo un propósito que cumplir para mi Evolución,

y para contribuir con la Evolución de los seres con quienes tengo contacto;

pero mi vida en este plano terrestre tiene un fin,

por lo que es menester aprovechar al máximo cada segundo.

Y me lo repito día a día:

La impermanencia es la única constante en la vida.

Y doy gracias por ello.

¬Patricia Anaya

Photo by Meruyert Gonullu /Pexels

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