EL PROCESO DE MORIR Primera parte | Clara Codd

Desde la mirada de la Teosofía, en esta primera parte trataremos de hacer un resumen de los hechos y conclusiones a que se han llegado, teniendo siempre presente que el asunto es de una complejidad enorme y que siempre habrá lugar para rectificaciones y ampliaciones en los detalles, además de que todo esto será materia, tarde o temprano, de experiencias y corroboración personales de cada quien.

Lo primero con que nos encontramos es el hecho de que la vida en el otro lado no se localiza allende las estrellas, sino aquí mismo y precisamente ahora, alrededor nuestro, en el mismo lugar del espacio en que nos encontramos. Y que no se nos diga que tal cosa no puede ser porque la mayoría no lo vemos, pues actualmente se acepta como hecho científico que nuestros ojos físicos no responden sino a una limitada gama de vibraciones, de manera que no registran las más sutiles que corresponden a una materia mucho más tenue que la física.

Respecto de lo anterior, y en cierta forma en contraposición con lo que enseñan los espiritistas, debemos hacer hincapié en que estos mundos invisibles que nos circundan son todavía “materiales” aun cuando la materia de que están compuestos es muchísimo más fina y sutil que la materia física. Podemos llamarlos nuestros “mundos del alma”, pues nuestras almas o yoes psíquicos se encuentran precisamente allí, inter penetrando y rodeando a nuestros cuerpos físicos, así como el mundo psíquico o del alma inter penetra y rodea el mundo físico.

El proceso de la muerte quiere decir que lo más sutil e inter penetrante del hombre interno o alma, se ve apartado del cuerpo físico; generalmente primero de las extremidades inferiores y procediendo lentamente hacia arriba hasta terminar con la cabeza, siendo el sentido del oído el último que se pierde, según lo describe Sócrates en su Apología.

No debería temerse a la muerte, sino sernos bienvenida, pues es la gran liberadora, la que nos quita de encima las penas y pruebas de la vida. Como el sueño, trae paz y vitalidad a nuestra cansada alma. No cabe duda que el sueño y la muerte son hermanos. “¡Qué maravillosa es la muerte”, escribió Shelley, la muerte y su hermano, el sueño”.

Y Homero describió el paso de un héroe hacia lugares celestiales, llevado en andas por los dos portadores gemelos: el sueño y la muerte.

En realidad es uno mismo el umbral del sueño, la muerte y la meditación profunda.

En el sueño, en la muerte, en la meditación profunda, la conciencia y el alma se apartan de su contraparte física; en una forma temporal en el caso del sueño y la meditación; y permanente, en el caso de la muerte.

Hay una diferencia entre el sueño y la muerte, pues mientras estamos dormidos, nuestros vehículos se encuentran conectados por medio de un flujo de magnetismo vital, el cual aparece ante la visión de un clarividente como un hilo plateado. Donde quiera que se encuentre la persona que duerme, ese hilo de luz le seguirá. A través de este, se despertará inmediatamente si se toca su cuerpo físico.

Si se nos objetara que el alma puede andar muy alejada del cuerpo, recordemos que todo plano o mundo de materia tiene su propia valuación del tiempo y del espacio. Al tratar de describir estas cosas tan sutiles con el lenguaje ordinario, tendremos a “materializarlas”, a revestirlas con peculiaridades del mundo físico.

Pero cuando llega la muerte, se rompe el hilo plateado (que podríamos comparar con el cordón umbilical del feto en la matriz) y así ya no es posible que el alma retorne al cuerpo.

Esto podría explicar las bien conocidas del Eclesiastés: “Siempre que el cordón plateado se suelta, la dorada vasija se romperá.” Esta última expresión de la “vasija dorada”, entraña otro misterio de la vida bastante difícil de visualizar y que hay la tendencia de materializar cuando tratamos de describirlo.

Diremos, sin querer profundizar demasiado en esto, que en el Universo entero hay una Vida única, y esta es la Vida Divina. Palpita y brilla en cada átomo, en cada célula, en cada forma. A la visión clarividente espiritual de muy elevado grado, aparece como un tenue, delicado y continuo rayo de luz que se entreteje formando la matriz de cada forma desde el átomo al hombre.

Este tremolante velo de luz y vida es como el esqueleto de la hoja que da forma y figura a la hoja viviente. De igual manera, el cuerpo del hombre toma forma dentro del andamiaje resplandeciente de la trama de la Vida. Es la fuerza cohesiva que sostiene la vida.

Al llegar la muerte, este armazón áureo comienza a enrollarse o retraerse hacia arriba como el capullo de un oruga, comenzando por las extremidades inferiores, y al faltar esta fuerza coordinadora, los átomos y moléculas del cuerpo comienzan a apartarse para ir a formar parte de otros cuerpos, animales, vegetales o humanos. Tal es el proceso de la desintegración según el ocultismo.

Podrá preguntársenos qué es lo que ocurre entonces el día del Juicio Final, cuando nos levantemos de nuestra tumba en el cuerpo físico. La imposibilidad de tal cosa se nos hará patente con sólo que pensemos un momento sobre el asunto. No es la resurrección de la carne la que se anuncia, sino la continua resurrección del ama en cuerpos nuevos y mejores.

El gran poeta y ocultista inglés, Tennyson, escribió:

“El Señor dio el cuerpo del animal al alma del hombre,

y el hombre preguntó:

—Señor ¿soy vuestro deudor acaso? —

Y el Señor dijo:

—Aún no; pero purifícalo lo más que puedas, y luego te daré uno mejor. —”

Platón consideraba la vida en el cuerpo físico como una tumba donde los hombres son sepultados por sus errores. Walt Whitman tuvo la misma idea. ¡El hecho es de tal manera lógico que puesto que se ha dicho que tanto la materia como la energía son indestructibles en el Universo, si la reencarnación no fuera un hecho y cada vez que un niño naciera se creara un Alma totalmente nueva, no habría logar para ser alguno en el mítico Día del Juicio Final ni suficientes átomos para revivir todos los cuerpos físicos!

No, ninguna de las vestiduras usadas por el Alma revive jamás, sino que se da un nuevo y mejor cuerpo al hombre cuando su alma vuelve a la Tierra.

Mientras tanto, el Alma cuando se separa del cuerpo físico, se encuentra en el mundo psíquico circundante, tan próximo y, sin embargo, tan invisible.

Generalmente, no se comprende que el vocablo griego Hades, frecuentemente traducido como “infierno”, en la Biblia, no significa un lugar de tortura de ninguna manera. Simplemente quiere decir “lo no visto”, “lo invisible”, por lo tanto, Hades se encuentra alrededor de nosotros; “invisible” solo para la vida física.

En la segunda parte escribiré cómo Clara Codd percibe el proceso de muerte. Puedes acceder AQUÍ

¬Clara Codd

Libro: La Eterna Sabiduría de la Vida

Photo by Thomas B /Pixabay

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