LA MUERTE COMO POLARIDAD | Eduardo Grecco

Los hombres tienen mapas mentales sobre la muerte, creencias que condicionan la manera de enfrentar esta experiencia.

Para algunos es un tránsito lineal, pero para otros se presenta, esencialmente, en la conciencia como polaridad: se muere a esta vida, se nace a otra; se pierde esta existencia, se amanece a una nueva.

Para unos la muerte no tiene sentido, para otros sí lo posee.

La muerte es un castigo, la muerte es una esperanza, una liberación.

El argumento de vida que cada persona construye como motivo de su existencia, expresa estos mapas mentales sobre la muerte, que no son independientes sino que forman parte de una cosmovisión más amplia y más o menos inconsciente dentro del sujeto.

Así, por ejemplo, quien evade la muerte evade la vida y el miedo a morir que lo domina es proporcional a su miedo a vivir. Se muere como se vive y tanto una como otra experiencia es intransferible, pero guardan entre sí una relación simétrica.

Como cada quien se para frente a la muerte es parte de una actitud, también, ante el nacer y el crecer. Estas tres experiencias —nacer, crecer y morir— son tránsitos que pueden ser vividos de muchas maneras. Sin embargo, en los tres, hay algo en común: representan cambios de conciencia, a veces vividos con ambigüedad, ansiedad e incertidumbre.

Algunos mapas mentales sobre la muerte

Mencionamos algunas de las actitudes ante la muerte. No agotan el tema, pero sirven para ilustrar lo que pretendemos decir con «mapas mentales de la muerte».

La enemiga permanente

La muerte es vivida como una enemiga siempre dispuesta a atacarnos. Esto nos lleva a vivir “recluidos” sin desplegar enteramente nuestras potencialidades por miedo a lo que pueda pasar.

La muerte está ahí para agredirnos, está contra nosotros, existe para amargarnos la vida. Hay entre ella y nosotros una cuestión personal que se puede zanjar en cualquier momento. Despierta en nosotros sentimientos de rechazo y temor que bloquean el sentir tristeza y dolor por una pérdida de alguien querido que ha muerto. Pero también impiden el resentimiento, el odio, la culpa, la impotencia o cualquier otra emoción.

La muerte, como enemiga, bloquea la posibilidad de aprender de la experiencia que significa enfrentar la muerte de otro para conectarse con la propia posible; nos obliga a estar siempre en alerta, gastando energía en prevenir lo imprevisible, para luchar contra «los fantasmas de la nada».

La cobradora de peaje

Caronte en la laguna Estigia cobraba un peaje para llevar en su barca las almas al infierno. No queda otro remedio que aceptar este hecho y preparar las monedas para hacer el pago. Pero una vez que hemos efectuado el pago comienza una aventura riesgosa sobre la que no podemos dar ninguna cuenta.

La muerte aparece, entonces, como una sombra que acecha desde la oscuridad, que nos quita lo que llevamos de valor (representado en la moneda del pago) y nos deja desnudos y expuestos a algo desconocido.

El fin de la carretera

A veces la muerte es mirada como un modo de terminar todos los problemas que nos aquejan, liberarnos de las pesadas cargas del vivir, de las exigencias y responsabilidades.

Hemos caminado un tiempo por el camino de la Tierra, hemos saboreado sus dulzores y sus amarguras, y ahora el sendero termina. Nada hay más allá; “al fin me saqué de encima, el peso del vivir”.

Momento de balance

Llegamos a la muerte y allí nos espera una experiencia crucial: el juicio de nuestra conducta en la vida, que implica efectuar un balance y escuchar la sentencia y el correspondiente premio o castigo, según el caso.

La preocupación por el resultado de esta encuesta no deja que la persona, mientras vive, visualice a la muerte como una experiencia individual y transformadora sino que la convierte en una obsesión moralista. Vive el presente mirando a ese futuro y condiciona sus experiencias en esta dirección. Hace de la muerte una cuestión de religión y de moral. Espera alcanzar la “bienaventuranza” pero tiene que ganarse, portándose bien, un buen lugar en el “estadio” del paraíso.

La verdadera vida comienza después

El hombre nace para morir. Ésta es su única certeza y su único destino. Somos seres para la muerte y allí comienza la verdadera vida.

El vivir en este mundo es un destierro; lo bueno está cuando nos vamos. Hay que apurar la vida, no preocuparnos mucho por nada, sólo esperar que nuestra Alma se desprenda cuando llegue el momento y volver al parque de diversiones del más allá.

La puerta infranqueable

La muerte es algo muy desconocido. Una puerta que atravesamos para no volver, infranqueable a cualquier retorno. No hay regreso, es sólo un viaje de ida.

El hombre puede caer, entonces, en una postura absolutamente nihilista frente a la vida, que le hace cuestionarse qué sentido tiene tanto esfuerzo para nacer, vivir y crecer, si esto que construye sólo sirve para morir.

La muerte responsable

La muerte es una experiencia que hay que enfrentar con responsabilidad.

«No es el simple término de una vida,

sino el comienzo de otra forma diferente,

de la cual sabemos tanto como el feto en el vientre materno

sobre la carrera que va a comenzar después de nueve meses.

La muerte no es llegar a una estación de justicia

para rendir cuentas de nuestros actos».

Manuel Barroso

La muerte es algo que nos espera, pero no hay que vivir para la muerte sino vivir para la vida. La muerte responsable es hacerse cargo de la existencia, con la muerte cuando ocurra incluida; es aceptar la angustia, la libertad y la esperanza; es no vivirla como un lazo que ata, sino como un suceso que nos va ocurrir, inevitable, pero que es sólo eso.

Todos estos mapas mentales de la muerte, y muchos otros que existen, pueden sintetizarse en tres grandes complejos de creencias: la muerte sin sentido, la muerte como castigo y la muerte como etapa de un proceso.

Pero así como la muerte puede ser vista de estos modos, de la misma manera, la vida es considerada en iguales perspectivas.

1. Vida y muerte: sin sentido

¿Cuál es el hecho básico del vivir?

Existir es estar en el mundo, estar arrojado en la tierra sin haberlo elegido. La vida y la muerte son un sin sentido. La vida es una pasión inútil.

Para este «mapa mental» el hombre nace a la vida para sufrir y no existe ningún motivo para disfrutarla y ser feliz.

El mundo no es un campo de realizaciones de proyectos sino una fuente constante de dolor y amargura. Se vive para luchar, destruir, manipular, poseer, dominar, envidiar, y se crece en la escuela de la competencia “pisando la cabeza” a otros.

La manera de conexión habitual es, entones, la violencia. No hay contacto con la propia intimidad, no hay respeto de los límites y se está siempre a la defensiva desconfiando de todo y de todos.

De modo que la muerte es mirada como un modo natural de sacarse de encima a los demás, de vengarse de los otros o de terminar violentamente con la vida propia, ya que no se tiene nada por lo que vivir.

El vacío interior que domina la vida la transforma en una experiencia violenta y hace natural el suicidio, los accidentes reiterados o la autodestrucción por medio de síntomas y enfermedades como el cáncer, por ejemplo, cuando esa violencia es dirigida hacia uno mismo.

No tener razón para vivir hace buscar la muerte, de un modo consciente o inconsciente, como herramienta para terminar pronto el “calvario” del existir.

2. Vida y muerte: un castigo

La vida se vive porque no queda otro remedio y hay que aprovecharla para acumular todo lo que se pueda: poder, cosas, conocimientos.

Hay muy poco desarrollo personal, mucho apego a lo material y un bajo nivel de conciencia, que sólo se despierta cuando algún hecho muy fuerte la sacude.

Se está muy pendiente de los reconocimientos externos, de ser aceptado, querido y tenido en cuenta, para lo cual se generan máscaras que ocultan los verdaderos pensamientos y sentimientos, en función de estos objetivos.

Domina la desorientación y la búsqueda de figuras o ideas fuertes de las cuales poder depender. Nada vale mucho la pena; en cierta medida, vivir es una condena, de modo que la muerte se acepta con resignación, como algo que se debe padecer.

Sin embargo, hay, ante la muerte, una dualidad: es tanto tormento como liberación; es temida y buscada, ignorada y vivida; es incertidumbre o respuesta, castigo al pecado, algo horrible donde domina la soledad, la culpa y el abandono o un territorio que se puede dominar y controlar.

3. Vida y muerte: una oportunidad

La vida y la muerte se viven como etapas de un mismo proceso. El vivir se asume con alegría y responsabilidad, con la certeza de que estamos aquí para concretar una tarea, que no consiste en acumular cosas ni dominar a los demás, sino aprender a descubrir nuestra intimidad, evolucionar v perfeccionar nuestra Alma.

La vida no acaba sino que continúa más allá de esta etapa. Es una experiencia que merece ser vivida con amor y pasión, disfrutando a fondo cada tramo de ella. La vida es una oportunidad, como lo es la muerte.

Todo es cuestión de pensar que se forma parte de un proceso de evolución donde esta vida que nos toca vivir es un tránsito hacia otra.

Morir no es, entonces, el fin, sino un nuevo comienzo. Una nueva etapa que se espera en confianza de emerger a un nuevo orden y con la convicción interior de continuidad y trascendencia.

La muerte es una redención, como lo es el nacer.

¬Eduardo Grecco

Libro: Muertes Inesperadas

Photo by Joggie /Pixabay

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