NOMBRAR LA MUERTE | Gerardo Wehinger

Al examinar la terminología, es decir, el vocabulario con que el hombre expresa la muerte y el morir, es dable enfrentarse con una gran complicación.

La primera impresión es la de estar ante un número de designaciones muy diferentes, en las cuales parecen reflejarse las diversas facetas en que se presenta el problema.

Se suele decir:

«Expiró el último aliento»

«Dejó de existir»

«Se acabó»

«Llegó a su final»

Otras, más plásticas, refieren al hecho concreto del morir como:

«Un anochecer»

«Un dormirse»

«Un extinguirse»

«Un irse»

Todas formas que también podrían usarse para hablar de una anestesia total en un quirófano.

Como se ve, aparecen nombres que, más que indicar lo que se intenta nombrar, parecen querer encubrir o distraer la mirada.

Muchas de las expresiones empleadas para hablar de la muerte o del fenómeno del morir contienen simplemente una escueta idea de un final de la vida corporal.

La impresión general que produce el apelar a este tipo de fórmulas es que, en verdad, se quiere decir algo más, algo que sobrepasa los límites significativos del lenguaje corriente y en lo que todo el mundo está pensando cuando habla de este modo.

Otra cosa son los conceptos que utilizan la fisiología cuando dice que la muerte es la desintegración del sistema individual, o bien, una parada irreversible del proceso vital; o también, la pérdida irreparable de la vida. Muerto se llama aquello que es incapaz de volver a vivir.

Estas fórmulas no solo se presentan como frases vacías, sino que parecen insuficientes para expresar algo que en lo real y concreto es mucho más, aun cuando cueste expresarlo.

Aquella otra forma que refiere a la muerte como un sueño o al morir como un despertar a otra vida, puede ser entendida como una manera de disimular la seriedad trágica a la muerte.

Contra este tipo de expresiones se ha dicho que deben entenderse como algo que se siente, pero nunca como algo dicho en serio, con algún valor descriptivo.

Otro grupo de fórmulas utiliza el ropaje del lenguaje cotidiano para designar lo que sucede cuando alguien muere:

«El finado se fue de entre nosotros»

«Nos dejó para siempre»

«Dijo su último adiós»

«El marido ha perdido a su mujer o la madre ha perdido a su hijo»

Nuevamente, estas expresiones quieren significar que el trato cotidiano y el diálogo con el muerto se han cortado.

Así y todo, parece que también aquí las frases empleadas son insuficientes para designar completamente la tragedia de la muerte.

¿Es que la muerte es sólo eso, la pérdida y el corte de toda relación?

¿Hasta qué punto puede decirse que el difunto ha dejado este mundo para irse a un más allá, inaccesible para los que quedamos de este lado?

También están los giros que aluden a la relación entre muerte y tiempo.

El que muere:

«Consume sus días»

«Salió del tiempo»

«Escapó de la temporalidad»

«Fue llamado a dejar el tiempo para pasar definitivamente a la eternidad»

Los complejos conceptos de tiempo y eternidad son manipulados ligeramente para indicar una eternización del que ha muerto, en la idea de un descanso eterno.

Estas frases, más que dar cuenta de lo que es la muerte o el morir, parecen encerrar una esperanza relacionada con un descanso en realidad más definitivo que eterno, como destinación final.

Expresiones como:

«Devolvió su Alma al Creador»

«Retornó a Dios»

Ilustran la cosmovisión que integra la muerte en la vida o ámbito de decisión del hombre.

La muerte no es algo que nos arrebata sorpresivamente, sino que implica una suerte de decisión por parte del hombre, una disposición sobre su vida, sobre sí mismo, indicada por la acción del retorno, del volver al Creador o Dios.

Distinta es la idea que pueda tenerse de la muerte como traidora, el hombre de la guadaña, el cazador furtivo que nos sorprende y derriba como a una presa, la idea de la Parca. Sin embargo, estas representaciones están muy presentes en nuestro lenguaje, que usa estas imágenes.

La figura de la muerte como verdugo asesino, enemigo que no da tregua, desconocido que viene de fuera y sorpresivamente entra en nuestra casa y se apodera de uno de nosotros, es una idea que ha estado presente en toda la historia y persiste en el lenguaje cotidiano.

Ciertamente, el último caso refleja una de las facetas de la muerte. Sería incorrecto entender con ello que el hombre no hubiera de morir por sí solo, si no fuera que se le ataca desde fuera, como si fuese un asesinato, como si la muerte no fuera un morir sino un ser matado.

Con todo, en todas estas representaciones que van desde entender la muerte como un «Apagarse la llama de la vida» hasta la metáfora de la guadaña segadora, hay algo de verdad.

Sin embargo, aquello que tiene de verdad no ha de ocultar esto otro: que el hombre, mientras va desgranando la vida, está elaborando la muerte; que ni bien nacemos empezamos a morir; que esta vida mortal se va desviviendo desde dentro y por sí misma, y que la muerte termina nuestra existencia en el mundo, sin que pueda esperarse otra cosa definitivamente constatada.

El lenguaje vivo con el que se intenta dar cuenta de esta terrible realidad, la de la muerte y el morir, atenta contra la verdad, pues toma aisladamente uno cualquiera de los aspectos vistos:

que la muerte y el hecho de morir son un final, o que son un tránsito;

que son una calamidad, o una liberación;

o algo violento, o algo que madura por sí solo y se desprende;

un anochecer inevitable, y obra de la propia mano;

algo natural y producido por la naturaleza o algo que contradice una tendencia innata.

¬Gerardo Wehinger

Libro: La Muerte. El hombre ante su mayor enigma

Photo by AlainFrechette /Pexels

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