Espacio de la Quietud | Anselm Grün

Una vez vino a verme una mujer que se sentía continuamente atormentada por su jefa. Durante la cena con su marido solamente era capaz de hablar de la jefa insoportable, que convertía su vida en un infierno.

Le dije: «Yo no daría a mi jefa el honor de permitirle que me amargue la cena. No permitas que entre en tu casa, porque no es tan importante».

En vez de dejarnos corroer por la ira o de explotar por su causa, deberíamos servirnos de ella para alejarnos de quienes acaparan nuestra atención permanentemente, para expulsarlos fuera de nosotros.

Algunos piensan que esto no sería cristiano, que lo cristiano es el perdón. Pero el perdón viene siempre después de la ira y no antes de ella. Si quien me ha herido permanece aún en mi corazón, el perdón no es más que masoquismo, pues lo único que hago de este modo es herirme.

Sólo cuando me he distanciado de quien me ha herido, cuando lo he alejado de mí, puedo perdonar verdaderamente, sabiendo que quien me ha ofendido no es más que un niño herido.

Alejar al otro de mí es solamente el primer paso para percibir en mí el espacio de la quietud: de este modo es posible defender este lugar interior frente a todos aquellos que quieren entrar en él por la fuerza.

Pero la defensa por sí sola no basta: en la meditación tengo que despedirme interiormente de todo aquello que me preocupa excesivamente, de las personas que acaparan mi atención, de mis pensamientos y proyectos.

Debo hacer completo silencio y escuchar atentamente en mi interior e imaginar que hay en mí un Misterio que me supera.

Si escucho dentro de mí, no sólo encuentro mi historia personal y mis problemas, sino que descubro, por debajo de este nivel, un espacio de quietud, un lugar donde Dios, que es el Misterio, habita en mí.

Y allí donde Dios, el misterio, habita en mí puedo estar realmente en casa. Allí intuyo una profunda paz en mí. Allí sé que, por debajo del ruido cotidiano y de la confusión interior, hay un espacio de quietud.

Para Evagrio Póntico, el monje y escritor más importante del siglo IV, este lugar de Dios está representado en la imagen de Jerusalén. Jerusalén quiere decir «visión de la paz». Así, en este espacio de la quietud llegamos a la «visión de paz, en la que uno ve en su interior aquella paz que es más sublime que cualquier comprensión y que protege nuestros corazones» (Evagrio Póntico).

Si me abandono al lugar de la quietud en mí, entonces crece la sensación de libertad y de confianza.

No se trata de una confianza en nosotros mismos exhibida hacia el exterior, sino de una confianza que brota de la libertad interior. No lucho contra los demás, sino que disfruto de la libertad.

Hay un espacio en mí sobre el cual nadie tiene poder.

Es el espacio donde Dios habita en mí.

Allí entro en contacto con mi verdadero yo.

Allí soy por entero yo mismo.

Allí mi yo está protegido.

Allí crece mi autoestima y soy cada vez más yo mismo.

¬Anselm Grün

Photo by Natalia Figueredo

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